durante muchos años Bea Sánchez Sintió que no era bueno viviendo. “Siempre me pregunté por qué no podía fluir como el resto, por qué no podía relajarme, por qué no sabía disfrutar…”, recuerda. Todo encajó hace siete años cuando, a los 33 años, le diagnosticaron autismo. «Sentí una sensación de paz, alivio y gran calma porque ya no me sentía tan responsable o culpable por la gran cantidad de contacto con la vida que siempre había sentido».
