Hoy en día, el hambre es más que el puro acto biológico de comer para satisfacer las necesidades nutricionales de nuestro cuerpo. «Esto me da hambre»; «Como por ansiedad»; «Yo, por necesidad… ¡Ay, cómo te envidio!» “Prefiero no comer, porque entonces no lo dejaré pasar”… La sociedad ha pasado de la percepción del instinto que nos llevó a la supervivencia evolutiva a la canalización de la emoción a través del apetito. Tal vez, como señala Federica Amati, «gran parte del hambre que experimentamos hoy ya no sea una señal puramente biológica, sino una señal producida por el medio ambiente y la comercialización de alimentos». Este investigador de origen italiano del Imperial College y el King’s College de Londres intenta dar respuestas a la transformación del instinto que nos condiciona cuando nos sentamos a la mesa y que está ligado al desarrollo de enfermedades metabólicas como la obesidad o los trastornos alimentarios. «Durante miles de años, pasamos la mayor parte del día explorando, cazando y recolectando alimentos, preparándolos y compartiéndolos con la tribu». Pero estas circunstancias, ya lejanas en el tiempo, parecen ahora casi un sueño. Amati reflexiona sobre cómo hemos llegado tan lejos de lo que «nuestra sociedad hoy hace todo lo contrario: dedicamos una buena parte del día a cocinar, a comer, a evitar comer…». Además de todo este cambio biológico y cultural, el nutricionista analiza cómo los nuevos fármacos contra la obesidad populares Ozempic y compañía actúan desactivando «aquellos estímulos externos que la industria alimentaria ha utilizado durante años para provocar un consumo excesivo». Su nuevo libro, Reclaiming the Appetite (Penguin), aún no traducido al idioma Español, es un compendio de estas reflexiones y un manual para recuperar el ansiado autocontrol del apetito.
