Pensemos por un momento que el cerebro es una orquesta filarmónica, jerárquica en todas sus funciones; las cuerdas llevan la melodía, los metales conducen… lleno de gente a pesar del bocinazo de un coche, o en el salón de nuestra casa con el zumbido de un electrodoméstico). PeroCuando una sustancia psicoactiva ingresa a nuestro cuerpo, el conductor se rompe.y los músicos empiezan a improvisar. El resultado, sin embargo, no es un ruido sin sentido, sino una nueva sinfonía.
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